MIERCOLES, Séptima Semana de Pascua , 20 de mayo de 2026 (Ciclo a)

SANTO DEL DÍA

San Bernardino nació cerca de Siena en Italia . El niño quedó huérfano de padre y madre a los siete años. Dos tías se encargaron de su educación formándolo en ciencias religiosas. Era muy simpático en el trato y las gentes gozaban en su compañía. Pero cuando oía a alguien que empleaba un vocabulario grosero y atrevido le corregía con toda valentía, para que abandonara esa mala costumbre. Era muy bien parecido y los muchachos de su clase lo incitaban a cometer actos impuros, pero él se mantuvo firme en sus principios.

De joven se afilió a una asociación piadosa llamada “Devotos de Nuestra Señora” que se dedicaba a hacer obras de caridad con los más necesitados. Estalló en Siena la epidemia de tifo negro, entonces Bernardino y sus compañeros de la asociación se dedicaron a atender a los apestados, este grupo de jóvenes se libró del contagio de la peste del tifo. Pero cuando pasó la enfermedad, Bernardino duró varios meses postrado en cama, con alta fiebre. Esto haría que aumentara la santidad de su alma. Tiempo después entró de religioso franciscano, pidió que lo enviaran a un lugar alejado de sus conocidos y familia. Una vez ordenado, San Bernardino recorre pueblos, ciudades y campos predicando de una manera que antes la gente no había escuchado, esta era su misión convertir corazones a Jesucristo. Recorrió todo su país (Italia) a pie, predicando. Cada día predicaba bastantes horas y varios sermones. Por todas partes llevaba y repartía un estandarte con estas tres letras: JHS (Jesús, Hombre, Salvador) .Durante 80 días predicó en Roma e hizo allí 114 sermones con enorme éxito, acompañaba sus predicaciones con admirables milagros y prodigios Verdaderamente Bernardino era un gran maestro de oratoria. Mientras viajaba por los pueblos predicando, con muy poca salud pero con un inmenso entusiasmo, se sintió muy débil y al llegar al convento de los franciscanos en Aquila, murió.

Evangelio del día

San Juan 17, 11b-19

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo:
«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.

Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida.

Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad».

Palabra del Señor

  • Jesús asciende al cielo, y desde allí sigue intercediendo por nosotros al Padre, porque Él quiere que seamos uno, es decir, que vivamos en comunión plena. Jesús desde el cielo, nos recuerda que Él siempre, vivirá en comunión con Papá Dios, nos guardarán y nos custodiarán y ninguno se perderá, porque su deseo eterno es salvarnos.
  • Esta certeza y esta promesa, nos debe llenar el corazón, de alegría y gozo, porque su palabra siempre tendrá poder, y ninguna fuerza del mal nos podrá hacer daño. Cada Cristiano debe vivir en el mundo, teniendo la garantía, que la gracia de Dios, siempre nos acompaña, y que la Verdad siempre triunfa, porque esta, nos hace santos, y santifica nuestro actuar, por tanto, debemos Evangelizar sin miedo, porque el poder de la Trinidad actúa, con nuestras manos y palabras.

PRÁCTICA DIARIA

  • Invoca al Espiritu Santo, pidiendo el don de la sabiduría para discernir lo bueno de lo malo.
  • San Bernardino de Siena nos dice: “¡Oh hombre, que tanta confianza tienes puesta en el mundo! ¿Has considerado alguna vez cuantos engaños se encierran en él?”

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