JUEVES, Decimoctava Semana del Tiempo Ordinario, 7 de agosto (ciclo c)

SANTO DEL DÍA

SAN CAYETANO (1480-1547)

San Cayetano nació en Italia, quedo huérfano desde muy pequeño, su Padre murió en la guerra y su Madre se desvivió por su educación, realizó sus estudios en la Universidad de Padua, años más tarde viajó a Roma llegando a ser secretario del Papa Julio II, y notario de la Santa Sede. Se ordenó sacerdote a los 33 años, fundó una comunidad de los Padres Teatinos dedicados a llevar una vida más santa y entregada a la Iglesia, en su pensamiento siempre se esforzó por llevar a quienes encontraba a su paso, para que iniciaran el camino de la conversión, en ese tiempo Martin Lutero se reveló contra la Iglesia Católica y muchos sacerdotes quisieron seguir a Lutero, pero San Cayetano les decía que para reformar la Iglesia había que reformarse a uno mismo, renunció a sus bienes, y también a unas fincas que un señor rico le había ofrecido para el sustento de él y sus compañeros, creo una asociación que prestaba dinero a los pobres por bajos intereses llamada Montes de Piedad, cuando repartían todas las provisiones, él iva hasta el Santísimo y Dios le proveía siempre con comida, murió pronunciando a Jesucristo.

Evangelio del día

San Mateo 16, 13-23

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».

Ellos contestaron:
«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».

Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en los cielos»

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Palabra del Señor

  • Como Cristianos católicos estamos llamados a expandir la Iglesia de Cristo fundada en los apóstoles, nuestra obediencia a ella nos permite atender lo que el papa León XIV como sucesor de Pedro nos anuncia, que inspirado por el Espíritu Santo trabaja por la continuidad de llevar la buena nueva de salvación a todos los rincones del mundo, debemos ser constantes en la oración para que las fuerzas del mal no opaquen el mensaje de Jesucristo ante las comunidades cristianas y los no creyentes, y también para que Dios fortalezca a quienes anuncian sin cansancio el mensaje de Jesús, mantenernos en una sola fe que inicio desde la elección de la primera comunidad de discípulos y nosotros en la del sacramento del bautismo, nuestro deber sea  defenderla en un mundo que resiste a escuchar las palabras de Jesús contenidas en la santa biblia y la tradición de los apóstoles.
  • Nuestro aporte a la iglesia católica debe basarse en obras de fidelidad, respeto a las doctrinas que profesamos, el vivir una experiencia con Jesús y atraer nuestros hermanos para que también la tengan, porque recordemos que lo que vivimos y sentimos en nuestras parroquias es lo que reflejamos a los demás,  esforzarnos por llegar a la santidad como lo hizo Pedro es una meta por la que debemos trabajar día a día, y para iniciarla nunca es tarde, ¡es hoy!.

PRÁCTICA DIARIA

  • Orar con devoción el Credo todas las noches.
  • San Cayetano le escribía a un amigo: «Me siento sano del cuerpo pero enfermo del alma, al ver cómo Cristo espera la conversión de todos, y son tan poquitos los que se mueven a convertirse». Y este era el más grande anhelo de su vida: que las gentes empezaran a llevar una vida más de acuerdo con el santo Evangelio.»

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